El asesinato de Meredith Kercher

Si te digo Meredith Kercher, es posible que no sepas quién era.
Pero si digo Amanda Knox, seguramente su rostro aparecerá en tu mente sin esfuerzo.

Y ahí empieza la primera injusticia de esta historia.

Las dos fueron víctimas de lo que ocurrió en Perugia en 2007.
Pero la peor parte, sin duda, se la llevó Meredith, asesinada con tan solo 21 años.

Meredith Kercher llegó a Perugia a finales de agosto de 2007 con una beca Erasmus.
El 10 de septiembre se instaló junto a otras estudiantes en una casa de Via della Pergola.

Diez días después, Amanda Knox, estadounidense, se convirtió en la cuarta compañera de piso.

Las cuatro chicas disfrutaban de su aventura estudiantil: universidad, fiestas, nuevas amistades, la sensación de libertad que acompaña a esa etapa de la vida en la que todo parece posible.

Meredith y Amanda tenían una relación más estrecha, probablemente por compartir idioma y cultura.
Salían juntas, compartían rutinas, se movían dentro del mismo pequeño universo.

Un universo que estaba a punto de romperse.

En octubre, durante uno de esos planes aparentemente inofensivos, Amanda conoció a Raffaele Sollecito.
La conexión fue inmediata.

Comenzaron una relación intensa, rápida, de esas que parecen acelerarse por sí solas.
Duraría apenas unos días, pero sería suficiente para cambiar sus vidas.

Por esas mismas fechas, apareció otro nombre en escena: Rudy Guede.
Frecuentaba a los chicos que vivían en la parte baja de la casa. Tenía antecedentes por robos.

Era uno más.
Uno que no parecía importante.

La noche del 1 de noviembre de 2007, Meredith salió con amigas para alargar la celebración de Halloween.
Rió, habló, compartió tiempo.

En algún momento decidió volver a casa.

No sabía que esa sería su última fiesta.

Esa misma noche fue agredida sexualmente y asesinada con arma blanca en su habitación.
La hora exacta de la muerte nunca pudo determinarse con claridad.

Uno de tantos puntos oscuros de este caso.

Mientras tanto, Amanda Knox había pasado la noche con Raffaele.
Habían cenado en casa de él, visto la película Amélie, disfrutado de esa fase inicial en la que todo es ligero, intenso, casi irreal.

A la mañana siguiente, Amanda regresó a casa para ducharse.

Al entrar, llamó a sus compañeras.
Nadie respondió.

No le dio importancia. Pensó que habrían pasado la noche fuera.

Pero algo no encajaba.

Una pequeña mancha de sangre en el baño.
El inodoro sin tirar de la cadena.
Detalles mínimos, pero extraños.

Demasiado extraños.

Asustada, salió en busca de Raffaele.
Volvieron juntos a la casa.

Una de las habitaciones estaba revuelta. La ventana, rota.

Cuando intentaron abrir la puerta de Meredith, no pudieron.
Estaba cerrada.

Llamaron.
Nadie respondió.

Avisaron a la policía.

La casa se llenó de gente en cuestión de minutos.

Finalmente, la puerta fue abierta.

Dentro, Meredith estaba muerta.

Había sido degollada.

A partir de ese momento, comenzó algo más que una investigación.
Comenzó un relato.

Amanda Knox y Raffaele Sollecito fueron interrogados durante horas.
Sin descanso.
Bajo presión.

Amanda, en un idioma que apenas dominaba.

Sus comportamientos, su actitud, su forma de reaccionar… comenzaron a interpretarse, no como signos de shock, sino como señales de culpabilidad.

Les dijeron que el otro había hablado, que había confesado.

Y en ese contexto, Amanda terminó incriminándose a sí misma y a su jefe, Patrick Lumumba.

Los tres fueron detenidos el 6 de noviembre.

Lumumba sería liberado poco después.
Tenía una coartada sólida.

Pero el daño ya estaba hecho.

Mientras tanto, la investigación avanzaba entre errores difíciles de justificar.

La escena del crimen fue contaminada desde el primer momento.
Demasiadas personas entrando y saliendo.
Sin protección adecuada.
Sin protocolos estrictos.

Aun así, aparecieron huellas y ADN de Rudy Guede en la habitación de Meredith.

El 20 de noviembre fue detenido en Alemania.

En 2008, tras un juicio rápido, fue condenado por agresión sexual y asesinato.

Es el único culpable confirmado de este caso.

En enero de 2009 comenzó el juicio contra Amanda Knox y Raffaele Sollecito.

El fiscal construyó un relato que encajaba mejor en la opinión pública que en las pruebas.
Un relato que hablaba de excesos, de juegos sexuales, de violencia.

Y ese relato prendió.

La imagen de Amanda Knox —joven, extranjera, diferente— se convirtió en el centro del caso.
Su personalidad, su forma de vestir, su comportamiento… todo fue utilizado en su contra.

No hacían falta pruebas concluyentes.
El relato ya estaba construido.

Fueron declarados culpables.
Amanda condenada a 26 años.
Raffaele, a 25.

El mundo entero creyó saber lo que había pasado.

Pero la historia no había terminado.

Tras casi cuatro años en prisión, el caso fue revisado.
Nuevas pruebas, nuevas interpretaciones.

En 2011, ambos fueron absueltos y puestos en libertad.

Amanda regresó a Seattle.

Parecía el final.

No lo era.

En 2014, un tribunal florentino volvió a condenarlos.
El caso entró en una espiral judicial difícil de seguir incluso para quienes lo observaban de cerca.

Finalmente, en 2015, el Tribunal Supremo italiano los absolvió de forma definitiva.

Falta de pruebas.
Errores en la investigación.
Un proceso lleno de grietas.

Amanda Knox logró rehacer su vida.
Se casó, fue madre, escribió sobre lo ocurrido.

Raffaele también siguió adelante.

Pero Meredith no tuvo esa oportunidad.

Y, sin embargo, su nombre sigue siendo el menos recordado de todos.

Quizá esa sea la mayor injusticia de esta historia.

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