No es insomnio. No es ansiedad. Es vivir con un cerebro que nunca se calla.
Necesito que pares.
Que vayas más lento.
Que dejes de recordar, de sobrepensar.
Que te concentres en una sola tarea y me permitas desconectar.
No entiendo por qué estás siempre activo.
No, activo no: hiperactivo.
Me lo han explicado. He buscado información. Puedo contárselo a otras personas.
Pero yo no consigo comprenderlo.
La realidad es que no me da la gana de aceptarlo.
Si en la lotería genética me hubieran tocado unos maravillosos ojos azules o un estupendo metro ochenta, no sería más feliz… pero tendría un contrapeso para ti.
Pero me has tocado tú.
Un cerebro que se desarrolló de manera diferente al del resto de los mortales.
Y estoy agotada.
Llevo cansada toda la vida.
Y hasta hace muy poco no sabía por qué.
TDAH: Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad.
En mi caso, la hiperactividad ni siquiera es motora. Es cognitiva.
Si es que no paras.
Y sí, el diagnóstico me alivió durante un tiempo.
Las piezas del puzzle de mi vida comenzaron a encajar. No del todo. Hay una parte en la que el TDAH no ha influido… pero tampoco es la mayoritaria.
He intentado convivir bien contigo, mi querido y mal desarrollado cerebro.
Y casi siempre lo consigo.
Pero, a veces… me lo pones tan difícil.
Yo solo necesito una tregua.
Pequeña, si no puedes darme más.
Pero tienes que parar en algún momento sin que eso implique que estoy muerta.
Me vendría muy bien que respondieras al aviso de mi cuerpo cuando necesita reposo.
Que al cerrar los ojos entendieras, sin más, que es hora de dormir.
Sin ventiladores, sin luces especiales, sin meditación ni yoga.
Tú solo… para.
Y podrías generar ideas de una en una.
Las buenas y las malas.
Permitirme seleccionarlas, clasificarlas, estudiarlas, aplicarlas o desecharlas.
Pero con orden y concierto.
Tal vez, un día a la semana, podrías darme un poco de cuartelillo.
Y crear un filtro entre mi cerebro y mi boca.
Impedir que diga lo primero que pienso sin ninguna barrera social o de autoprotección.
Sin calibrar lo que digo y, sobre todo, a quién se lo digo.

Poder detenerme.
Pensar si es necesario dar esa información o esa maldita opinión que, probablemente, a nadie le importa.
Me daría tanta paz poder leer un libro sin repetir siete veces el mismo párrafo…
Y no necesito escuchar la misma canción en bucle.
Ni repetir capítulos de una serie que ni siquiera es de mis favoritas solo porque no te atreves a enfrentarte a una nueva.
Y permíteme quitarme la máscara cuando yo quiera.
No pienso igual que los demás, y eso no me hace ni mejor ni peor.
Pero estoy cansada de poner cara de póquer cuando no entiendo nada.
¿Y dónde está la máscara cuando no quiero que nadie interprete lo que sus opiniones sobre mí me hacen sentir?
No quiero que nadie conozca mis debilidades, mis miedos, mis secretos ni mis vergüenzas.
Y tampoco necesito ser la puerta que todos tienen abierta cuando todas las demás se les cierran.
Estoy harta de ser un monigote solo porque tienes cercenada la capacidad de decir sí o no.
Lo único que te pido, mi querido cerebro,
es que, de vez en cuando, me dejes desconectar de mí misma.
No te pido milagros.
Solo silencio.
Aunque sea por cinco minutos.

Deja un comentario