el lugar más seguro del mundo

Es un día caluroso. Se está muy a gusto en la playa y más en la orilla. Emma y Olivia se acaban de bañar y Olivia ya está embadurnada de arena porque ha ido a todo correr a por su cubo y su pala para hacer un castillo.

Su abuela intenta secarle, con su pañuelo blanco, los rebeldes ricitos que le caen mojados por la cara, pero la niña no se deja y la mujer se desespera a la vez que se ríe. Emma les sonríe con amor. Gira la vista hacia el mar y ve cómo su marido nada hacia la orilla. Sabe perfectamente lo que va a pasar. Intenta alejarse pero no le da tiempo. Él ha sido más rápido y para cuando se da cuenta ya la ha metido en el agua y le está haciendo ahogadillas mientras se ríe. 

Ella le insiste siempre en que odia mojarse el pelo, pero en realidad le encanta jugar a pelearse con él en el agua como si fueran niños. Su hija los ve y deja el castillo y a la abuela plantados para ir corriendo a su encuentro.

Andrés la coge entre sus brazos y juega con ella a subirla muy alto y luego bajarla muy rápido para meterla suavemente en el mar evitando que trague agua. A la niña le encanta ese juego, se ríe a carcajadas y no deja de pedirle a su padre que lo vuelva a hacer. 

Cuando se cansa se acerca a su madre y le rodea el cuerpo con sus pequeñas piernas. Entre lo chiquitina que es aún Olivia y la barriga que ya tiene Emma no llega a rodearla del todo con los pies. Desde que le han contado que dentro de esa barrigota de mamá hay un hermanito o hermanita para ella, no pierde la ocasión de agarrarse al cuerpo de su madre porque sospecha que pronto tendrá que compartirlo con alguien más y quiere aprovechar el tiempo que aún le queda para ella sola. Los padres se miran entre sí con una mezcla de ternura por los celos de su niña y una gran alegría por la familia que serán en el próximo verano.

Emma mira hacia el cielo, siente a su niña pegada a ella, la inmensa sonrisa de felicidad de Andrés mirándolas a ambas y, al notar la brisa en su rostro, cierra los ojos y piensa que no se puede ser más feliz, que ése es el lugar más seguro del mundo.

Cuando los vuelve a abrir, los rayos del sol han desaparecido y en su lugar hay una claridad artificial muy fuerte. Mira hacia arriba y tampoco está el cielo, sino un techo de hormigón lleno de lámparas de luz intensa que le ciegan la mirada. Sigue haciendo mucho calor, pero no corre ni una gota de brisa. Nota sus pies mojados y al mirar hacia el suelo ve que están en un charco de agua sucia. Es entonces, al mirar hacia abajo y no verse la tripa, cuando recuerda, a ráfagas, lo ocurrido. 

Los militares entrando en su casa arrasando con todo. Un soldado llevándose en brazos a Olivia que llora muy asustada llamándola, mientras la meten en un coche que arranca precipitadamente. Su marido gritando y diciendo que dejen a su mujer y a su hija en paz, que es a él a quién buscan. Un hombre se acerca a él y ve la culata  de una metralleta estrellándose contra su sien. Andrés cae al suelo con los ojos abiertos y un charco de sangre extendiéndose alrededor de su cabeza. A Emma se le nubla la vista.


Lo siguiente que recuerda es a sí misma sobre una mesa gritando de dolor mientras da el último empujón para que su bebé nazca. No escucha su llanto, se asusta, intenta levantar la cabeza y alzar los brazos y pide que se lo entreguen, pero la agarran con fuerza y le ordenan que se calle. En ese momento escucha llorar a su criatura. Y se entera de que es un niño porque una enfermera grita: “Un niño, qué contento se va a poner el capitán”.

Luego todo se vuelve confuso y al mirar a su alrededor recuerda que está desde hace ya no sabe cuánto tiempo en un sótano enorme, atestado de hombres y mujeres, de todas las edades, sucios, con cara de miedo, los mayores con gesto de resignación. De vez en cuando se abren las puertas y los riegan con mangueras. Todos se afanan en abrir la boca y beber. No saben cuándo será la próxima vez que puedan hacerlo. 

En ese momento escucha el ruido de las cerraduras y busca un hueco en el atestado lugar para poder beber el agua, pero esta vez no cae nada.

Un soldado entra con un papel en la mano y anuncia que hoy toca traslado. Emma siente una oleada de esperanza recorriendo su cuerpo. El traslado puede significar que la devuelvan a casa, con su hija y tal vez con su desconocido niño. Hace un esfuerzo por apartar de su cabeza la última imagen que vio de su marido.

Los nombrados deben ponerse en pie y hacer una fila. No es la primera vez que pasa. Desde que está ahí ocurre dos veces por semana. Se llevan a muchos pero ese lugar nunca se vacía. Aguanta la respiración y entonces lo escucha: “Emma Martínez Aguirre”. Por fin. Su nombre. Se apresura a levantarse y a ponerse en la fila. Cuando están todos, los llevan enseguida hacia un lugar que está lleno de camionetas. 

Les obligan a ir pasando de uno en uno por una mesa donde les dicen que les van a inyectar una vacuna. Después los suben a los vehículos, sin espacio entre ellos, agolpados y los trasladan hasta un hangar donde ven aviones militares. Cuando bajan están todos medio adormilados. Les cuesta moverse. Les obligan a quitarse la ropa y a subir a los aviones.


Pese al mareo y el sueño que tiene Emma nota que el avión alza el vuelo. No ha escuchado cerrarse la puerta. Los soldados los van levantando por orden. Cada vez está más adormilada. Uno de ellos la agarra y de un tirón la acerca a la puerta abierta del avión. Siente un golpe en la espalda y mientras cae huele el mar y la brisa fresca acaricia su rostro. Entonces cierra los ojos y sonríe. Todo va a ir bien. 

Vuelve a la playa, con su marido, con Olivia, y desde la orilla, mientras juegan, ve a su madre que lleva un pañuelo blanco en la cabeza, anudado bajo la barbilla, con el pequeño Andrés en brazos paseando en círculo con sus amigas. 

Todas con el pañuelo.

Y el mar, la recibe.

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