No todos los crímenes nacen del odio. Algunos surgen de la incapacidad de renunciar.
Siempre pensamos que el crimen empieza con una decisión.
Pero, a veces, comienza mucho antes… cuando alguien deja de ver la salida más sencilla como una opción posible.
Rosa Peral podría haber terminado su relación con Pedro Rodríguez como tantas otras.
No había entre ellos nada irrompible: ni hijos, ni bienes en común, ni siquiera una historia larga que los atara.
Nada que no pudiera haberse roto de una manera más o menos civilizada.
Sin embargo, eligió la única forma de terminar con él que no admite vuelta atrás: el asesinato.
¿Qué motivación puede llevar a alguien a escoger la peor de todas las opciones? Probablemente nunca encontraremos una respuesta lógica.
El hecho es que, en la noche del 1 al 2 de mayo de 2017, Rosa Peral, con la ayuda de Albert López, acabó con la vida de Pedro Rodríguez y trató de ocultar el crimen quemando su cadáver dentro del coche, en el pantano de Foix.
No contaron con un detalle mínimo.
Un tornillo de titanio en la espalda de Pedro.
Fue ese fragmento casi invisible el que permitió identificar el cuerpo y poner en marcha una investigación que avanzó con una rapidez inesperada.
El 19 de mayo de 2017, apenas diecisiete días después, Rosa y Albert fueron detenidos.
Su historia solo resistió poco más de dos semanas.
Pero el crimen no empezó aquella noche.
Rosa no parece moverse por impulsos caóticos, sino por algo más difícil de detectar: una necesidad constante de ser deseada, de mantener abiertas todas las opciones.
No rompe relaciones. Las superpone.
Ese modo de vincularse genera triángulos, tensiones, dependencias cruzadas.
Como si en su mente operara una idea sencilla y peligrosa:
si todos me quieren, yo decido.
Rosa no se ve a sí misma como la mala de la historia.
Probablemente se percibe como alguien que intenta sobrevivir emocionalmente a hombres complicados, como si los conflictos que la rodean no nacieran de ella, sino de los otros.
No solo miente a los demás.
Se cuenta una historia a sí misma.
En su matrimonio con Rubén, mosso d’esquadra y padre de sus hijas, introdujo a un primer invitado: un superior dentro de la Guardia Urbana.
Aquella relación terminó mal.
No fue ella —al menos en su relato— quien envió desde su propio correo una fotografía íntima que acabaría circulando entre compañeros y, finalmente, en el teléfono de su marido.
Aun así, el matrimonio resistió.
Durante un tiempo.
Hasta que apareció otro invitado. Un compañero de patrulla.
Albert López.
Albert no llegó después. Llegó mientras todo lo demás seguía en pie.
No fue una sustitución.
Fue una suma.
Mientras su matrimonio aún resistía, aunque fuera por inercia, Rosa incorporó a Albert a su vida como había hecho antes: sin cerrar nada, sin terminar nada, sin elegir realmente.
Albert no era un desconocido. Era compañero, cercano, disponible.
Y, sobre todo, dispuesto.
La relación entre ellos no fue tranquila.
Tampoco lo había sido ninguna antes.
Había intensidad, rupturas, reconciliaciones.
Celos.
Control.
Y algo más difícil de definir: una tensión constante que nunca terminaba de resolverse.
Pero Albert no desapareció cuando la relación se rompió.
Siguió ahí.
Como una puerta entreabierta.
Rosa estaba en un momento perfecto. Había terminado con su matrimonio. Ya no había ningún impedimento para tener una relación con Albert.
Salvo la propia Rosa.
Cuando aún se movía en una relación inestable con él, conoció a Pedro.
Y Pedro se enamoró tan rápido que decidió romper su vida por ella: dejó a su mujer y a un hijo casi recién nacido para empezar una relación con Rosa.
En ese momento, Rosa eligió a Pedro.
Pero no dejó a Albert.
Una vez más, no sustituyó una relación por otra.
Las superpuso.
Dos hombres.
Dos historias abiertas.
Dos conflictos creciendo al mismo tiempo.
Ambos ya habían mostrado un carácter difícil, una incapacidad para gestionar los celos, la frustración, la pérdida.
Y aun así, Rosa siguió avanzando en esa dirección.
Como si el conflicto no fuera una consecuencia… sino una necesidad.
Cuando tanto Pedro como Albert le ofrecieron una vida estable, incluso matrimonio, Rosa respondió de la única manera que sabía.
Se hizo fotos con dos anillos de compromiso.

Dos promesas incompatibles.
Dos futuros imposibles.
Como si elegir fuera, para ella, una forma de perder.
Y entonces tomó una decisión.
No la más fácil.
No la más lógica.
No la más humana.
La única que no tenía vuelta atrás.
El final es conocido.
Veinticinco años de cárcel para ella.
Veinte para Albert.
Un hijo sin padre.
Dos hijas creciendo con su madre entre rejas.
Demasiadas vidas rotas.
Sin necesidad.
O quizá sí.
La de una mujer que no sabía vivir sin tensión.
Que no sabía amar sin conflicto.
Que, tal vez, confundió la intensidad con la vida.

Deja un comentario