la alfombra roja

La alfombra roja es ese lugar por el que a todos nos gustaría pasear alguna vez.
O, al menos, a muchos.

Y no importa de dónde viniera la invitación, porque soñar es, de momento, gratis.

A dos años de que se cumpla el centenario de esa figurita —de la que una secretaria dijo que se parecía a su tío Oscar—, la gala vuelve a recordarnos que existe un lugar en el mundo en el que está permitido creer en lo imposible.

Se dice que todas las mujeres han soñado alguna vez con su vestido de novia perfecto.
Yo no estaría tan segura.

Pero lo que sí sé es que muchas —como yo— nos hemos imaginado posando ante todos los fotógrafos del mundo con un diseño exclusivo, hecho a medida. No un traje de novia, no. Un vestido de starlette. Un Dior. Un Givenchy.

No creo que mucha gente desdeñara sentirse, por una noche, como Grace Kelly cuando, antes de ser Su Alteza Serenísima, fue Reina de Hollywood vestida por Edith Head, diseñadora a sueldo de la poderosa MGM, que se llevó un disgusto monumental al ser sustituida por su rival, Helen Rose, encargada finalmente de crear el no menos icónico vestido de novia de la actriz convertida en princesa.

Grace Kelly y William Holden

Porque durante muchos años, las actrices no tenían capacidad de decisión sobre su ropa, su peinado, su maquillaje o, en muchos casos, su propia vida. Todo estaba en manos de los estudios.
A cada una se le asignaba una imagen… y todas la obedecían, so pena de ser declaradas “veneno para la taquilla”, como le ocurrió a la maravillosa Katharine Hepburn.

Cuando Marilyn Monroe presentó su primer Oscar en 1951, su vestido fue tachado de inadecuado, de excesivo, de provocador.
Hoy es icónico.


Y probablemente pasaría por uno de los más elegantes en una alfombra roja donde, a veces, las transparencias desubicadas, los cortes dudosos y los escotes imposibles acaban directamente en el cesto del mal gusto.

Cuando Barbra Streisand recogió su premio por Funny Girl, no tenía ni idea de que su vestido, bajo los focos, enseñaría mucho más de lo previsto.

La maravillosa Barbra Streisand

No fue el caso de Cher, que años después hizo de la transparencia una declaración consciente, calculada y absolutamente inolvidable.

Una espectacular Cher recogió su merecido Oscar

Y qué decir de Audrey Hepburn, que convirtió a Hubert de Givenchy en su diseñador de cabecera, trazando entre ambos una línea de elegancia que aún hoy sirve de guía a cualquiera que quiera acercarse —aunque sea de lejos— a la sofisticación sin esfuerzo.

La rubia más legal, Reese Witherspoon, con un sencillo palabra de honor y delicados volantes en el vuelo, acudió a la ceremonia dejando un mensaje claro: aquí estoy, y no necesito explicar nada fuera de la pantalla. Y lo ha conseguido. Con creces.

El vestido amarillo eléctrico de Zendaya;
el negro con abertura infinita en la pierna de Angelina Jolie;
el rosa empolvado con el que la romántica Gwyneth Paltrow enamoró a toda una generación;
el rojo intenso de silueta clásica de Penélope Cruz…

Y tantos otros vestidos que nos hacen creer que existe un lugar en el mundo en el que, como nos enseñaron en Pretty Woman, los sueños se cumplen.
O no.
Pero tampoco importa demasiado mientras podamos fingir que sí.

Porque Hollywood, queramos o no admitirlo, sigue siendo ese lugar del imaginario colectivo donde la vida puede cambiar en un instante:
un director que te descubre sirviendo hamburguesas y te convierte en su musa;
una prueba de casting a la que acompañas a un amigo y terminas siendo tú la elegida;
una foto en Instagram que alguien ve… y lo cambia todo.

No, nunca es tan sencillo.
Pero nos han enseñado a creer que lo es.

Y mientras podamos soñarlo, no pidamos más.

La alfombra roja de los Oscar es, al fin y al cabo, la pasarela de nuestros deseos más secretos.
Y quizá por eso seguimos mirando. No por los vestidos, sino por la posibilidad de que, en algún lugar, todo sea exactamente como nos lo contaron. 

Posted In , ,

Deja un comentario