El sexto sentido
Me acabo de derramar el café hirviendo sobre mi camiseta nueva.
No es la primera vez que me pasa. De hecho, me pasan cosas así continuamente.
T. me mira con cara de circunstancias mientras me alarga un pañuelo de papel para intentar minimizar el desastre.
Siento vergüenza y rabia, pero las disfrazo con sentido del humor y un poco de autoflagelación.
Seguimos hablando y, mientras T. pone a parir a su jefa, sin darme cuenta mi pierna izquierda empieza a moverse por libre.
Cuando la rodilla protesta, después de chocar una y otra vez contra la mesa, cruzo las piernas, me agarro a la silla y me concentro en que todo mi cuerpo se detenga.
T. sonríe.
Es de las pocas personas que conocen mi diagnóstico de TDAH.
Sabe que la mayoría de las cosas raras que hago tienen que ver con eso.
Yo doy gracias por su paciencia. Sé, por experiencia, que no siempre es fácil aguantarme.
Soy torpe.
Pero no una torpeza cualquiera.
A mí no se me cae la tostada por el lado de la mermelada.
Mi tostada sale despedida de las manos, hace una pirueta doble en el aire de la cocina, se estampa contra la pared y se desliza lentamente por las baldosas, dejando a su paso un rastro pegajoso de confitura de arándanos.

Cuando me pasa en público y la gente estalla en carcajadas, vuelvo a recurrir al humor.
Pero aunque me ría por fuera, mi cerebro neurocaótico tiene las mejillas ardiendo.
Si hay un cajón abierto, me lo como.
Me clavo todos los días la pata de la cama.
Los moratones de mis piernas lo demuestran.
Los de mis brazos también dan fe de que me trago todas las manillas de las puertas.
Le digo a T. que necesito ir al baño a limpiar la mancha de café.
Por el camino me tropiezo con una mesa ligeramente separada de la pared.
He vuelto a calcular mal las distancias.
El camarero se aparta con prudencia.
Ha sido testigo mudo de muchas de mis torpezas.
Si alguien caminara detrás de mí, pensaría que voy borracha, porque me cuesta un mundo avanzar en línea recta.
Regreso a la mesa con la mancha más grande que antes.
Tengo ganas de llorar.
Pero sonrío.
Estoy acostumbrada a enmascarar lo que siento.
Llevo toda la vida haciéndolo.
Al menos ahora sé por qué.
Cuando por fin llego a casa, me dejo caer en el sofá, cierro los ojos y repaso mentalmente todo lo que he hecho mal.
No hoy.
En mi vida.
Desfilan caídas, golpes, objetos rotos, risas de otros coreadas por las mías para disimular.
Bochorno.
Vergüenza.
Frustración.
Mucha frustración.
Con cierto alivio, me digo a mí misma que por hoy lo he conseguido.
Que he sobrevivido a mí misma.
Mañana será otro día.
Otro intento de habitar este cuerpo sin perderme dentro de él.
Propiocepción:
- Sentido inconsciente que permite al cerebro conocer la posición y el movimiento del cuerpo sin necesidad de mirar.
- Conciencia corporal que suele estar alterada en el TDAH.
- El sexto sentido.

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