El depredador de Castellón

Este no es un caso de persecuciones espectaculares. No hay llamadas grabadas. No hay una máscara reconocible.

Es el mal que no necesita disfraz.

Es también la historia del primer asesino en serie detenido en España desde que el FBI acuñó el término en la década de los setenta.

El primer asesino en serie moderno de España

Una mujer joven se despide de su amiga en una noche cálida de julio de 1995. Han cenado con unos amigos y después han recorrido las discotecas de Benicàssim. Han pasado una buena noche.

Poco antes de llegar a su domicilio, Sonia se despide y le pide a su amiga que tenga cuidado. Camina hacia casa sin prisa. Al cruzar el túnel cercano a su portal, parece pasear.

Escucha acercarse un coche y se aparta con naturalidad.

El conductor reduce la velocidad. Baja la ventanilla. Sonríe. La invita a subir.

Ella lo observa con atención. Viste bien. Es educado. No parece borracho ni drogado.

Duda unos segundos. No percibe peligro. Finalmente, sube.

El terror no siempre llega gritando.
A veces se sienta a tu lado y sonríe.

La noche en que desapareció Sonia Rubio

Joaquín Ferrándiz, Chimo, regresa a casa de su madre al clarear el día. En silencio, se desviste y se lava la sangre. Se mira al espejo. Y sonríe

Esta vez ha cruzado una línea.

Ha matado.

Chimo había salido de prisión apenas tres meses antes. Fue condenado a catorce años por la agresión sexual a una joven de dieciocho años. Tras provocarle un accidente, se ofreció a llevarla al hospital. Pero antes de llegar, la violó.

Después la dejó en un centro sanitario y le pidió que no lo denunciara.

Ella prometió que no lo haría.

Pero lo hizo.

Ferrándiz solo cumplió seis años por buen comportamiento. Y tardó muy poco en volver a actuar.

Los padres y amigos de Sonia denuncian su desaparición.
La Comunidad Valenciana se llena de carteles con su rostro.
La prensa mantiene vivo el caso.

Un cadáver oculto en Benicàssim

El 20 de noviembre de 1995, un automovilista se detiene en una cuneta. Algo le llama la atención. Al acercarse descubre un cadáver con una cubeta cubriéndole la cabeza.

Avisa a la Guardia Civil.

El cuerpo aparece oculto bajo ramas. La boca sellada con cinta de embalar. En su interior, la ropa íntima de la víctima. Las manos atadas con el sujetador.

La disposición del cuerpo no deja lugar a dudas:
alguien quiso escenificarlo.

El forense dictamina muerte por asfixia. El estado del cadáver impide determinar si hubo agresión sexual.

La ficha dental confirma lo que la familia temía: es Sonia.

Los investigadores no tienen pistas claras.

Recogen colillas. Analizan el terreno. Pero es la cinta de embalar la que despierta su atención: mide 18 milímetros de ancho.

No es una medida estándar. Ninguna fábrica del mundo la produce. Conclusión: el asesino la cortó.

No es un impulso.
Es planificación.

Crímenes que nadie supo relacionar

Entre enero y febrero de 1996 aparecen tres cadáveres en la zona de Bora Riu.

Mercedes, 29 años.
Natalia, 24.
Francisca, 24.

Todas ejercían la prostitución para sostener su adicción a la heroína.

Nadie había denunciado su desaparición.

Las tres murieron asfixiadas. Todas presentan ataduras con su propia ropa interior.

Nadie ve el patrón.
Nadie une las piezas.

En septiembre de 1996, Amelia, de 22 años, desaparece en Castellón tras salir de noche. Su cuerpo aparece cinco meses después en un pantano.

Sus manos están atadas con ropa interior.
La causa de la muerte: asfixia.

El patrón se repite.

Guardia Civil y Policía Nacional comienzan a compartir información.

Empiezan a sospechar que no se trata de casos aislados.

Durante la investigación detienen a Claudio Alba, habitual de los círculos de prostitución. Permanece cinco meses en prisión.

Queda en libertad por falta de pruebas.

La investigación de la UCO que destapó la verdad

En 1998, la recién creada Unidad Central Operativa (UCO) asume el caso. Lo consideran demasiado complejo para una investigación convencional.

Inician la operación Bola de Cristal.

Buscan a un asesino en serie organizado.

El perfil criminológico dibuja a un hombre de entre treinta y treinta y cinco años. Vida estable. Trabajo fijo. Residente en Castellón. Actúa en fines de semana.

Planifica. Controla. Diseña las escenas.

Joaquín Ferrándiz: el rostro de la normalidad

Un intento de secuestro frustrado permite identificar al agresor.

Una joven logra escapar gracias a varios testigos que escuchan sus gritos.

El atacante intenta fingir una discusión de pareja.

Pero los testigos lo señalan.

Se llama Joaquín Ferrándiz.

La UCO lo somete a vigilancia permanente.

Detectan un patrón inquietante: el acecho.

Observa mujeres en discotecas. Espera a que se queden solas. Las convence para subir a su coche. Las traslada a descampados.

Durante semanas, todas regresan ilesas.

Hasta que una noche, una joven sufre un accidente tras descubrir que las ruedas de su coche están deshinchadas.

Ferrándiz aparece de inmediato para “auxiliarla”.

La policía interviene. El plan se desmorona. En su domicilio encuentran cinta de embalar de 18 milímetros. La misma medida imposible.

Juicio y condena del depredador de Castellón

Ferrándiz intenta alegar doble personalidad. Dice no recordar. Fragmenta sus recuerdos.

Pero termina confesando. Reconstruyes escenas. Aporta detalles inéditos. Señala objetos ocultos.

El juicio se celebra entre 1999 y 2000.

La Fiscalía solicita 163 años de prisión e indemnizaciones millonarias.

La sentencia lo declara culpable de cinco asesinatos.

16 años por Sonia.
11 por Natalia.
11 por Francisca.
11 por Mercedes.
11 por Amelia.

Además, tentativa de asesinato y lesiones imprudentes.

La condena suma 69 años, aunque el cumplimiento efectivo queda limitado a 25.

El mal que vivía entre nosotros

En 2023 sale de la prisión de Herrera de la Mancha.

Tiene prohibido regresar a Castellón hasta 2028.

Ante la prensa declara que abandonará el país para no molestar.

Esta es la historia de cinco mujeres asesinadas por un hombre anodino.
De esos que te abren la puerta con una sonrisa.
De esos que parecen inofensivos.

Es la historia del mal cuando se esconde en la normalidad.
Es la historia del mal cuando se esconde en la invisibilidad.

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