neurocaos

Me he despertado a las 7:00 de la mañana, a las 7:20 la urgencia fisiológica me ha sacado de debajo de mi manta de peso. Me duelen un poco las muñecas. Es lo que pasa cuando duermes con las manos en forma de dinosaurio. 

Doy gracias a Dios, como cada mañana, por haber puesto sobre la tierra los cafetales. Y, una vez más, he olvidado poner agua en el depósito de la cafetera exprés.

Enciendo la tele rezando porque no haya sucedido ningún acontecimiento histórico. No hay apagón ni una nueva guerra o pandemia. El Papa sigue vivo. Todo parece estar en orden. 

Otra vez he olvidado coger una toalla para la ducha. Odio secarme fuera de ella. Miro el bote de crema como si tuviera la capacidad de conseguir que esta se extienda sobre mi cuerpo sola. Decido que hoy tampoco tengo tiempo de hidratarme la piel. La ventaja es que si sigo así unos días, podré limarme las uñas en las piernas.

Un rápido recordatorio de lo que necesito para salir de casa: llaves, dinero, documentación. Luces apagadas, ventanas cerradas. Paraguas y gafas de sol, nunca se sabe. En el ascensor recuerdo que no me he lavado los dientes. Vuelvo a casa y con el abrigo puesto, la bufanda a punto de estrangularme y el bolso cruzado, acometo la tarea rogando porque no se me caiga la pasta en la solapa.

Cuando por fin me siento en el metro, siento que la última hora y media ha bastado para activar mi burnout sin haber puesto un pie en la oficina. La señora de enfrente me mira raro, ¿llevo algo mal puesto?, ¿tengo legañas?, ¿huelo mal?, ¿por qué no deja de mirarme? Anda que está ella como para juzgar. “No sé si se habrá dado cuenta, señora, pero es usted muy fea”, me gustaría decirle, pero consigo callarme. Menos mal, porque no me miraba a mí, sino a la chica de detrás con la que se ha puesto a hablar a gritos. Llego a mi parada a tiempo de evitar que su estridente voz termine de taladrar mi frágil cerebro. 

Entro a la oficina 15 minutos tarde. En el bar de abajo me han vuelto a poner el café hirviendo. Con mi lengua estropajosa doy los buenos días y me disculpo. Mi jefe llega justo cuando me acabo de sentar. Hoy me libro de la bronca. Viene en modo miura, entrando en la plaza a matar. No saluda. Brama. La tensión se apodera de todos, es un día como otro cualquiera. Doy gracias por trabajar sólo media jornada. Mi bolsillo se resiente, pero mi salud mental lo agradece.

De vuelta a casa, me equivoco de metro, me bajo, regreso al punto de partida y me aseguro de coger el bueno. Dos años después de hacer el mismo camino de lunes a viernes y me sigue pasando esto. Ya no me enfado conmigo misma, lo acepto y nunca se lo cuento a nadie.

Cuando llego a casa estoy tan quemada, que a pesar de tener la nevera llena, me como un trozo de pizza que me sobró ya no sé ni qué día. Y de postre una bolsa de patatas fritas. Me prometo que esta noche cenaré sano. Admito que no lo voy a cumplir. 

Ahora tengo toda una tarde por delante para dedicarme a algo que me guste. Mi psicóloga me ha aconsejado realizar actividades que me permitan sociabilizar. No me cuesta ningún trabajo relacionarme con la gente. Es que no me apetece.

Hago una nueva búsqueda en Internet para ver si encuentro alguna actividad que me permita seguir el consejo de N. El gimnasio, las clases de inglés, cocina o cerámica están descartadas. No me llamó Dios por esos caminos. Tampoco me atraen el yoga o el mindfulness. Mi cerebro genera 600 ideas por hora y la meditación no le da miedo. Se enfrenta a ella. Decido seguir otro consejo y salgo a la calle a andar. Me cuesta mucho salir, pero una vez fuera no quiero volver.

Me pongo los cascos y busco un podcast. Hay tantos que me interesan que es difícil escoger. Me decido por uno de True Crime. Me preocupa mucho que este tema me interese tanto. ¿Querrá decir que tengo instintos criminales? No debo de ser la única, a juzgar por la cantidad de material que se puede encontrar. Supongo que a los humanos nos gusta ponernos a prueba para decidir de qué seríamos capaces. 

Encuentro una terraza y me siento a tomar un café descafeinado. Observo pasar a la gente y sin darme cuenta les adjudico historias. Me gusta inventarlas y muchas veces me inspiran para escribir el relato semanal de mi taller de escritura, la única actividad que me gusta y en la que sociabilizo sin ningún esfuerzo. Que no diga N. que no sigo sus consejos. Lástima que solo me ocupe tres horas a la semana.

Cuando decido regresar a casa, voy haciendo una lista mental de las tareas que tengo pendientes. Empiezo con el desbarre:

“Tengo que limpiar la cocina a fondo. Debería comprarme una vaporeta, como la que he visto en TikTok. Hoy no he entrado, con lo que me entretiene. Claro, que yo me distraigo con el vuelo de una mosca. Se me ha olvidado el spray antihormigas, otra vez. La primavera está cerca. Cambio de armario. La ropa del año pasado no me va a valer. Debería ponerme a dieta. Voy a buscar un endocrino. Esta vez en serio.

Que no se me olvide escribir a J. Le hablaré del juicio de Marius, eso es un gossip en toda regla.

¿Qué hora es? ¡Las 8:30! Otra vez se me ha olvidado sacar la basura.

Ay no, la vecina pesada…”

Cuando he llegado a casa, mi cerebro ha desvariado tanto que me lanzo directa al pastillero para que mis ideas se ralenticen por efecto de la medicación. Rompo mi promesa de cenar sano y me preparo un sandwich de mayonesa con un poco de jamón York y las consabidas patatas fritas. 

Enciendo la tele para escuchar ruido de fondo. Aún me resulta curioso comprobar que eso me tranquiliza, igual que el ruido del ventilador o el del secador.

Escucho que los documentos del caso Epstein no dejan de detonar bombas que tienen a medio mundo alerta por si sus nombres aparecen en ellos. 

Retomo mi libro: ‘La ridícula idea de no volver a verte’ de Rosa Montero. A pesar de que disfruto muchísimo leyendo, es una ardua tarea para mi cerebro tedeachero. ¿Por qué lo llaman déficit de atención cuando en realidad tenemos un superávit de atención? Aún así, me esfuerzo. Me encanta cómo escribe Rosa Montero y la historia que cuenta sobre Marie Curie es maravillosa.

Noto que la pastilla y el cansancio empiezan a hacer efecto. Se me confunden las líneas. Aprovecho para cerrar el libro y salir disparada hacia la cama. Si no lo hago así, me desvelaré y no volveré a conciliar el sueño. Me tiro en plancha sobre la cama, enciendo el ventilador para que su ruido acompañe a mi sopor. Apago la luz. Me arrebujo con mi manta de peso y agradezco a quien corresponda habernos permitido a mi TDAH y a mí haber sobrevivido a un nuevo día.

Mi último pensamiento consciente me dice que debería hacerme un blog para dar rienda suelta a mis múltiples ideas. 

Durante años pensé que tenía que aprender a organizarme mejor, ser más constante, más tranquila, más normal.

Hace no tanto entendí que mi cabeza no estaba rota. Solo funciona con otro cableado.

El TDAH no me define por completo, pero explica muchas cosas.

Ahora sé que lo que necesito es organizar mi caos sin avergonzarme de él.

Si este blog llega a existir, será un lugar donde mi cerebro pueda ser libre, sin pedir disculpas.

Mañana empiezo.

Este no es solo un post. Es el principio de algo más.
Si quieres saber por qué existe Neurocaótica, no me pierdas la pista.

Las ideas se debaten. Este rincón se cuida con palabras amables.

Deja un comentario

Posted In ,