MARIUS
El hijastro incómodo de los noruegos
El juicio contra Marius Borg por 38 delitos pone a la monarquía noruega bajo un foco incómodo.
Algunas historias reales parecen escritas por un novelista con exceso de imaginación. Esta es una de ellas.
Marius tenía dos años cuando su madre encontró un príncipe azul. La mayoría de las mujeres que sueñan con tal príncipe encuentran, para su fortuna, hombres normales que no siempre se convierten en rana. Mette Marit Tjenssen conoció a Haakon Magnus, príncipe heredero del trono de Noruega. Y la vida de Marius cambió para siempre cuando apenas había comenzado a vivirla.
25 de agosto de 2001
Haakon y Mette Marit de Noruega saludan desde el balcón del Palacio Real de Oslo tras su boda. Con ellos, el pequeño Marius Borg.

La familia real noruega acogió al pequeño con cariño, de pronto tenía como abuelos a los reyes de su país. Participaba en todos los actos oficiales de la familia, junto a los hermanos que sí formaban parte oficial del grupo, con títulos de príncipe y tratamiento de Alteza Real, algo que Marius no tenía. No era hijo. Era hijastro.
Pero no parecía que eso fuera a afectar mucho a su vida puesto que recibió la misma educación que Ingrid Alexandra y Sverre Magnus: los mejores colegios, idiomas, extraescolares, deportes de todo tipo, viajes lujosos, caprichos, amistades… a ninguno de los tres les faltó nunca de nada.

Quizá el mayor problema de Marius Borg no fue crecer dentro de un palacio, sino hacerlo en un lugar donde nadie sabía exactamente qué papel debía tener.
Cuando Mette Marit se comprometió con Haakon, se le exigió pedir perdón públicamente por su poco ejemplar pasado. Drogas, alcohol, fiestas, date show incluido para encontrar pareja, excesos en todos los ámbitos. Lo hizo con lágrimas incluidas. No sabía que, muchos años después, tendría que tragárselas para defender al hijo que había tenido, antes de su debut en la realeza, con un hombre que, en el momento de su boda, cumplía condena en la cárcel por asuntos relacionados con las drogas.
Y aquí llega la primera gran pregunta relacionada con el presente de Marius: ¿Se trata de un carácter difícil o de un entorno que nunca supo poner límites?
En estos momentos, Marius se sienta en el banquillo de los acusados de un tribunal de Oslo. Está acusado de, nada más y nada menos, 38 delitos. Entre ellos cuatro presuntas violaciones, agresiones a parejas, violencia doméstica, amenazas, delitos relacionados con drogas, quebrantamiento de orden de alejamiento y conducción temeraria en moto.
Si es encontrado culpable se enfrenta a diez años de cárcel.
Él niega los cargos más graves y sostiene que las relaciones fueron consentidas, aunque ha reconocido algunos comportamientos violentos y otros delitos menores. Mientras esperaba el inicio del juicio fue detenido y encarcelado por amenazas con cuchillo y agresión.
El juicio, que comenzó el 3 de febrero de 2026 y podría prolongarse durante varias semanas, ha atraído a cientos de periodistas y ha colocado a la familia real noruega bajo un foco incómodo.
Y por si todo esto fuera poco para esta familia, el nombre de Mette Marit aparece en los documentos del caso Epstein en múltiples ocasiones, y no solo mencionada, queda claro que la princesa mantenía una relación muy cercana con el fallecido Jeffrey.
No voy a plantearme aquí la necesidad de las monarquías en el año 2026. El hecho objetivo es que existen. Y que arrastran siglos de tradición y supuesta ejemplaridad.
Vivimos en un mundo donde cualquier gesto, cualquier escándalo y cualquier error cruza el planeta en cuestión de minutos. Las monarquías ya no pueden esconderse detrás de los muros de palacio.

Pero las familias reales, como todas las familias, también tienen hijos problemáticos, errores y secretos incómodos.
Pero las familias reales, como todas las familias, también tienen hijos problemáticos, errores y secretos incómodos.
La diferencia es que, en su caso, todo ocurre bajo el foco de un país entero.
Y a veces también del mundo.
No todas las historias tiene banda sonora. Algunas solo dejan eco.
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