Anatomía de un impulso

Anatomía de un impulso

Cuando se dio cuenta de que lo había matado, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. No había sido su intención que aquel día terminara así, con el cuerpo de Feérico extendido sobre las frías baldosas de la cocina y su sangre abriéndose paso entre las juntas del suelo. Pero con él nunca se sabía: bastaba una palabra mal medida, una ceja arqueada, una pausa demasiado larga para que todo estallara.

Eva lo supo desde la primera vez que discutieron en la universidad, frente al microscopio que compartían. Feérico golpeó la mesa con el puño para reafirmar su opinión. Ella no se movió.

—La agresividad es pura química —dijo él, con esa sonrisa que mezclaba desafío y deseo.

—Y el control también lo es —respondió ella.

Aquel intercambio fue el anuncio de lo que sería su relación. Ninguno de los dos volvió a controlar nada desde entonces. Durante años, sus peleas fueron el combustible de su pasión. Se amaban a zarpazos, como si ejercer fuerza el uno sobre el otro fuera la única forma válida de demostrarse amor.

Pero el cuerpo se cansa de vivir en alerta, y el cerebro más aún. Lo que antes terminaba en sexo acababa ahora en silencio, en días enteros sin hablarse.

Feérico bebía y se drogaba demasiado. Eva se refugiaba en el laboratorio. A veces pensaba que solo seguían juntos porque nadie más soportaría sus sombras.

Su tesis conjunta, que les proporcionó sendos doctorados en dacriología —la disciplina que estudia el impulso agresivo en el cerebro humano—, les dio fama y prestigio.

Habían acuñado el nombre de punto ecdótico, el famoso punto E, para describir ese lugar donde la ira se adueña del cerebro y el pensamiento racional desaparece. Lo explicaban en congresos, sonrientes, como si hablaran de una curiosidad académica.

Pero Eva sabía que el punto E no era una teoría.

Lo había visto en los ojos de Feérico demasiadas veces.

Y aquella mañana también lo sintió en los suyos.

Había planeado dejarlo. Tenía las maletas hechas, la mente fría, la decisión tomada. No quería una última pelea.

Pero cuando él apareció tambaleándose, con una copa en la mano y una mueca de desafío en la boca, supo que no habría conversación posible.

La discusión comenzó con palabras y terminó con un mazo de cocina asestando un golpe en la base del cráneo de Feérico.

El sonido seco le pareció irreal, como si viniera de otra habitación.

Luego, silencio.

Un silencio espeso, casi físico.

Su punto E descendió con la misma rapidez con la que había estallado. Y con él regresó la razón.

Actúa. Limpia. Oculta.

Era su cerebro científico tomando el mando.

Lo descuartizó con una precisión que habría impresionado a cualquier forense. Las articulaciones cedieron donde debían. Las clases de anatomía le sirvieron. Le sorprendió la calma con que trabajaba, la sensación de orden que le producía. No sintió rechazo por sus acciones; al contrario, una serenidad inquietante la atravesaba. No se detuvo a analizarla.

Cinco bolsas.

El maletero.

La lejía desplazando el olor a sangre.

Sabía que el luminol revelaría su crimen. Siempre queda algo. Pero para entonces estaría lejos. Quizá en Brasil. O en cualquier lugar donde nadie pronunciara su nombre.

Quemó la ropa en la chimenea y se duchó.

Después, el cansancio la venció.

Se dejó caer en el sofá.

El sueño la envolvió con una tibieza inesperada.

Un murmullo la arrancó de la oscuridad.

—Eva.

Abrió los ojos.

El salón estaba en penumbra. El reloj marcaba una hora imprecisa.

Le pareció oír el tintinear de una copa.

Se incorporó.

—¿Feérico?

Nadie respondió.

Todo había sido un sueño, pensó.
La discusión.
El golpe.
La sangre.

Una descarga extrema del punto E.

Se levantó y caminó hacia la cocina. Encendió la luz.

La encimera brillaba.

El suelo estaba limpio.

El olor a lejía flotaba todavía en el aire.

Se llevó la mano al rostro.

Entonces vio la sangre bajo sus uñas.

Una línea oscura, incrustada en la carne.

Y recordó.

No gritó.

No lloró.

Solo comprendió que, a veces, la química no se limita a explicar el impulso.

También lo ejecuta.

Fragmento de la tesis doctoral presentada por Eva R. y Feérico L.

Dacriología: disciplina que estudia el impulso asesino en el cerebro humano.
Punto ecdótico (Punto E): zona cerebral donde la ira desactiva la razón.
Feérico: nombre propio masculino.

Las ideas se debaten. Este rincón se cuida con palabras amables.

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